Repetimos más que el ajo

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoUno de los mantras más reiterado durante la hecatombe económica de la última década fue que de la crisis se sale reforzado. Políticos de todo signo ideológico que no la vieron venir ni cuando la tenían antes sus narices, sesudos economistas que no supieron interpretar lo que estaba a punto de ocurrir pese a su abundante producción analítica y a su pertinaz presencia en los medios de comunicación, gurús autores de inefables manuales de autoayuda que se convertían velozmente en best sellers para incautos, oportunistas de toda edad y condición transmutados en expertos que vendían humo igual que los sacamuelas del Lejano Oeste traficaban con pócimas milagrosas y demás fauna relacionada con la sociología, la psicología, la antropología y cualesquiera otra ciencia de la conducta, se lamían los labios tras dar con el ungüento amarillo argumental. Valía todo, desde una frase del autor de la Teoría de la Relatividad, Albert Einstein, en la que se refería a las crisis no como desastres sino como oportunidades, hasta una cita del filósofo Friedrich Nietzsche sentenciando que lo que no nos mata nos hace más fuertes (lo que no mata, engorda, vamos, que recoge el Refranero) con tal de llevar un poco de aliento a las principales víctimas de una situación que les estaba dejando con lo puesto. Y a veces ni eso siquiera.

Íbamos a salir de atolladero hechos unos supermanes y unas catwomans y nos chuparíamos las yemas de los dedos de los pies cuando comprobáramos los sorprendentes efectos que tendría sobre la economía, el empleo y el tejido productivo la inversión en 'imasdemasi' y el rescate de los miles de jóvenes cerebros que habían emigrado para buscarse las habichuelas en el quinto pino. La repanocha, en fin. Aprender de los errores pasados con la finalidad de alumbrar un futuro esplendoroso para todos era la salmodia que se podía oír lo mismo en un foro bancario con mucha moqueta que en el púlpito de madera de alcornoque de una iglesia de pueblo. Citius, altius fortius era el esperanzador lema olímpico de la cruzada que nos iba a redimir de la pobreza de allí a la eternidad.

Pues mira, no. Va a resultar que diez años después del comienzo del tsunami y cinco desde que se dio por finiquitada oficialmente la recesión continuamos, más o menos, con el culo al aire. Los científicos siguen clamando en el desierto mientras los universitarios del éxodo –la movilidad exterior, que diría eufemísticamente la exministra Fátima Báñez– se resisten a regresar a un país que demuestra que no los quiere cuando no les garantiza ni estabilidad laboral ni sueldo digno. Las cifras del desempleo menguan, sí, pero con cuentagotas, y mantienen en la marginalidad o en la penuria a los más jóvenes, con contratos irrisorios, trabajo precario y abusos horarios sin cuento, y a las mujeres, que soportan sobre sus espaldas la doble discriminación sexual y salarial. Entretanto, la brecha que ha ido abriéndose entre los más ricos y los más miserables no se cierra porque la sutura está en manos de los poderosos, que precisan de una mano de obra esclava que mantienen con lo justo para que consuma sus productos. Las estadísticas no paran de bombardear con datos sobre la persistencia de trabajadores cuyo sueldo no les llega para finalizar el mes como Dios manda, o para disfrutar de una semana de vacaciones al año. La tasa de pobreza se ha reducido, faltaría más, pero se mantiene alta y según la Encuesta de Condiciones de Vida publicada por el INE en 2017, el 37,3 por ciento de los hogares carecía de capacidad para afrontar gastos imprevistos. «¿Salir Saldremos, pero cómo?» se preguntaban los aguafiestas al inicio del ciclo negro. Pues la respuesta parece clara: regular tirando a mal y, sobre todo, de forma extremadamente lenta. Y encima, en medio de la revisión permanente de los grandes marcadores económicos que no hace sino crear más incertidumbre, se nos advierte de que la siguiente recesión está ya en camino.

Menos mal que Pedro Sánchez ha comprometido la creación de 800.000 puestos de trabajo entre lo que queda de este año y el próximo y que el candidato del PP andaluz a la presidencia de la Junta, Juan Manuel Moreno, ha anunciado 600.000 solo en su autonomía en cuatro años. No hablan de su calidad, claro, porque habitan conscientemente una burbuja asentada en el corto plazo electoral de tipología similar a la inmobiliaria, que hará puf de un momento a otro, o a la turística que ha comenzado a deshincharse con la revitalización de su competencia mediterránea tras años de inseguridad sin que se hayan planificado alternativas ni sentado las bases –otra letanía– para atenuar sus consecuencias. Es lo que se llama aprender de los errores y demás salmodia que, a no dudar, escucharemos de nuevo cuando vuelva Paco con las rebajas.

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