Aznar riza el rizo de la ignorancia

JESÚS ALONSO

Jesús Alonso¿A que no saben qué? Pues que Aznar tampoco sabía nada. Jate tú, Maripuri. El autor del milagro económico español (cuyas consecuencias hemos ido conociendo en carne propia y en diferido a lo largo de la última década) que cedió los honores al condenado Rodrigo Rato, al que también promovió como sucesor antes de que tuviera que conformarse con Mariano Rajoy, aseguró en una de esas comisiones de investigación en las que los investigados parecen los interpelantes en vez de los comparecientes, que de financiación ilegal del partido que dirigió durante la intemerata de años, ni pajolera idea. Atildado como un novio ante el altar del, pongamos por caso, Monasterio de El Escorial, y más chulo que Pichi el del chotis, al expresidente le faltó colocar los cuartos traseros encima de la mesa, como ya hiciera en el rancho tejano de su amigo y compañero de armas George Bush, y declarar una guerra para dejar constancia de que el que tuvo, retuvo, y que a él o se le trata de usía o no se le trata. 

Negó el primero por la derecha en la foto de las Azores que existiera una caja B en la contabilidad de su formación política pese a que todos los tesoreros se han visto las caras con la Justicia y, de momento en un caso, con los funcionarios de Instituciones Penitenciarias, y se le acaballó aún más el rostro cuando fue preguntado por su relación con el cabecilla de la trama Gürtel, Francisco Correa, a la sazón pagano del aparataje luminotécnico de los esponsales de su primogénita Ana con el siniestro Alejandro Agag. Pese a las evidencias que en aquel bodorrio imperial inmortalizaron las cámaras fotográficas transformadas con el paso del tiempo en cámaras de los horrores, el exjefe del Ejecutivo se hizo el longuis al ser preguntado por la presencia de Don Corleone y sus lugartenientes Álvaro Pérez y Pablo Crespo en el sarao, auténtica foto publicitaria del hipermercado de la corrupción que acabaría con la carrera de obstáculos del notario de Santa Pola en tránsito hacia Madrid. Tampoco el expresidente de la Generalitat  Francisco Camps conocía a ‘El bigotes' y, mira por donde, resultaron ser amiguitos del alma que se querían un huevo. O dos.

Tenía Aznar la obligación de no mentir en sede parlamentaria y se aplicó con denuedo a pervertirla y a recrearse en su propia posverdad con un colosal desparpajo –«me lo estoy pasando muy bien, llego a decir»– que corría parejo a una falta de respeto a la inteligencia no ya de sus señorías interrogadores, que aún está por ver, sino de sus compatriotas en general, a los que ve subidos en lo alto de un guindo del que no acaban de caerse. Tan sobrado andaba de músculo abdominal el atleta que se permitió abundar en lo indefendible con una suerte de galimatías pleno de siseos y contracción de belfos. Subido en el púlpito de la soberbia dio lecciones de política nacional, internacional e interestelar como si estuviera en Georgetown y reprochó al penoso sanedrín, moderado por un director de orquesta harto permisivo, comportamientos, derivas y pasados. Lo de la viga y la paja en ojo propio o ajeno no podía faltar en la escenificación del disparate.

Su hoja de servicios, por supuesto, inmaculada. Aunque una abrumadora cantidad de los ministros que compartieron con él la mesa del Consejo y el mantel de la Moncloa maridan regular con la honradez y la honestidad, y aunque muchos de sus íntimos, colocados en posiciones estratégicas con su venia, figurarán in sécula seculorum en los anales del mangoneo y la irregularidad, y aunque todos los tesoreros populares son clientes habituales de los tribunales, este estadista de mentirijillas que conocía en qué remotos valles y en qué lejanas montañas se ocultaban los autores del atentado más atroz registrado en España, no se percataba de lo que ocurría en su entorno político más próximo. Puerta con puerta, vamos. Acabáramos.

Es más, no es que no se diera cuenta de lo que ocurría, ni de cómo crecían patrimonios y haciendas, cosa imperdonable para un inspector fiscal. Es que ni siquiera ocurría lo que han revelado las investigaciones que han sido refrendadas mediante sentencias firmes. El pobre Rajoy heredó no solo un partido turbio a cuya turbiedad contribuyó plácidamente. Heredó además una supina ignorancia. También de mentirijillas, claro.  

Comparte este contenido:

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar