De asaltar el cielo a conquistar el suelo

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoO sea que mientras un juez de Elche firmaba la orden de desahucio que dejaba en la calle a un matrimonio con tres hijas menores de edad al no poder afrontar la deuda de 18.000 euros contraída con uno de esos «fondos buitre» que consumieron hasta el tuétano los huesos y otros escombros abandonados tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, el líder de Podemos Pablo Iglesias y su compañera y, sin embargo, compañera, Irene Montero, oficializaban con su firma ante notario la compra de un chalé de 660.000 euros edificado en Galapagar sobre 250 metros cuadrados en una parcela de dos mil con piscina, casa de invitados y hermosas vistas a la sierra madrileña. Edificante, ciertamente.

Qué cosas: los que iban a asaltar el cielo hace nada como quien dice se contentan ahora con conquistar el suelo previo abono hipotecario de algo más de 1.600 euros al mes, suma evidentemente desorbitada para un amplísimo porcentaje de españoles que les dieron su voto en la confianza de que iban a viajar a las alturas en el mismo ascensor que los más eximios representantes de la cruzada contra la casta política, término actualmente en desuso por razones obvias. Por lo tanto, entra dentro de la lógica que al conocerse la operación bancaria iniciada por la pareja se haya suscitado todo tipo de críticas. En este contexto de indignación de los fieles incautos y de regodeo de los enemigos, era de libro la aparición en el magín de los que guardan turno la imagen de la dacha, esa segunda vivienda de la que disfrutaba la nomenklatura soviética en sus vacaciones, fines de semana y parrandas varias celebradas a la sombra de imponentes montañas de caviar del Caspio regadas a manta con decenas de hectómetros cúbicos de vodka.

Es lo que tiene esto de ser revolucionario de salón. No se puede estar en misa y repicando de la misma manera que no se debe pregonar y no dar trigo. Predicar con el ejemplo es el mejor argumento, prescribe el refranero. Dicho lo cual, allá los felices futuros padres de gemelos con su dinero. Siempre y cuando haya sido obtenido de forma honrada y que en la transacción crediticia no haya hurgado alguna de esas manos negras a las que estamos tan acostumbrados, tienen todo el derecho a hacer con la pasta lo que les venga en gana, incluida la instalación en su propiedad de columpios con marchas para las criaturas por venir y para sus amiguitos. Pero –siempre hay un pero– con semejante alarde de poderío han perdido el derecho a ponerse al frente de la manifestación contra los desequilibrios sociales. Y ya veremos si también el favor de su potencial clientela electoral. Qué le vamos a hacer.

Defender en plan desagravio que se trata de un proyecto familiar largamente acariciado que no es especulativo, como hace la mitad femenina del tándem, o amparar la adquisición abundando en el mantra de la lucha por la dignidad salarial con la finalidad de que todo bicho viviente pueda seguir sus pasos hipotecarios, como argumenta el otro cincuenta por ciento, tiene mucho de incoherencia, bastante de sarcasmo y no poco de farsa. Ver a ambos diputados en chanclas al borde de la piscina tomando caipiriñas mientras redactan una moción parlamentaria contra la brecha abierta entre los más ricos y lo más pobres o articulando una propuesta con severas medidas para evitar la escalada del precio de los alquileres puede ser devastador. Sí, se puede... hacerlo peor.

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